domingo, 31 de enero de 2010

Los Anteojos de Dios

Un empresario que acababa de fallecer y camino al cielo
 esperaba encontrarse con el Padre Eterno, no iba nada
 tranquilo porque en su vida había realizado muy pocas
 cosas buenas. 

Mientras llegaba al cielo iba buscando en su
conciencia ansiosamente aquellos recuerdos de cosas
valiosas que hizo en su vida, pero pesaban mucho sus años
 de explotador y usurero.
  Había encontrado en sus bolsillos del alma unos pocos recibos
 "Que Dios se lo pague", medio arrugados y amarillentos por lo viejo.
 Fuera de eso, bien poca cosa más.
 Pertenecía a los ladrones de levita y galera, de quienes comentó
 un poeta: "No dijo malas palabras, ni realizó cosas buenas".
 Llegó por fin a la entrada principal, muy preocupado, no lo podía disimular.
 Se acercó despacio y le extrañó mucho ver que allí no había
 cola para entrar ni había nadie en las salas de espera.
Pensó: "O aquí viene muy pocos clientes o les hacen entrar
 enseguida...". Avanzó más adentro y su desconcierto todavía
 fue mayor al ver que todas las puertas estaban abiertas y no
 había nadie para vigilarlas. Golpeó la puerta con el puño.
 Nadie contestó. Dio una palmada y nadie salió a su encuentro.
 Miró hacia dentro y quedó maravillado de lo hermosa que
 era aquella mansión, pero allí no se veían ni ángeles ni
 santos ni doncellas vestidas de luz. Se animó un poco más y
 avanzó hasta llegar a una puerta acristalada.Y nada.
 Se encontró perfectamente en el mismo centro del paraíso
 sin que nadie se lo impidiera. "¡Aquí todos deben ser
 gente honrada!¡Mira que dejar la puerta abierta y sin nadie
 que vigile...!".Poco a poco fue perdiendo el miedo y fascinado
 por lo que veía se fue adentrando en los patios de la gloria.
Aquello era precioso. Como para pasarse una eternidad
mirando el mismo lugar.
De pronto, se encontró entre algo que tenía que ser del
despacho de alguien muy importante. Sin duda era
la oficina de Dios.
Por supuesto que también estaba la puerta de par en par.
Titubeó un poquito antes de entrar; pero en el cielo todo
termina por inspirar confianza.
Así que penetró en la sala y se acercó al escritorio, una mesa
espléndida. Sobre ella hacía unos anteojos, que él comprendió
debían ser los anteojos de Dios. Nuestro amigo no pudo resistir
la tentación de echar una miradita hacia la tierra con aquellos
anteojos. Fue ponérselos y caer en éxtasis. "¡Qué maravilla!
Si desde aquí, con estas gafas veo toda la tierra..!".
Con aquellos anteojos se lograba ver toda la realidad profunda
de las cosas sin la menor dificultad, las intenciones de las personas,
 las tentaciones de los hombres y de las mujeres.
Todo estaba patente ante sus ojos. Entonces se le ocurrió
una idea. Trataría de buscar desde allá arriba a su socio,
que sin duda estaría en la empresa donde ambos trabajaban;
una especie de financiera, desde donde ejercían la usura
y hasta el robo, en muchas ocasiones. No le resultó difícil
localizarlo, pero le sorprendió en un mal momento. En ese
preciso instante, su colega, estaba estafando a una pobre
 anciana que había ido a colocar sus ahorros en aquella empresa,
 en un fondo de pensiones que no era sino una mentira.
 A nuestro amigo, al ver la cochinada que su socio estaba haciendo
 le subió al corazón un profundo deseo de justicia.
En la tierra nunca había experimentado tal sentimiento.
Pero, claro, ahora estaba en el cielo.
Fue tan ardiente ese deseo de justicia que, sin pensar en
otra cosa, buscó a tientas algo debajo de la mesa para
lanzárselo a su amigo (el banquillo donde Dios apoyaba
 los pies), con tan buena puntería que el banquillo fué
 a parar a la cabeza de su socio, dejándole tumbado
 allí mismo. En ese momento nuestro hombre oyó tras de sí
 unos pasos. Sin duda era Dios. Se volvió en efecto, se encontró
 cara a cara con el Padre Eterno.
-"¿Qué haces aquí hijo?"
- "Pues..pu..pu..la Puerta estaba abierta
 y entré"
-"Bien, bien, bien, pero sin duda podrás explicarme dónde
 está el banquillo en que apoyo mis pies cuando estoy
 sentado en mi mesa de trabajo"
Reconfortado por la mirada y el tono de voz de Dios fue
 recuperando la serenidad.
- "Bueno, pues, yo he entrado en este despacho hace un
 momento, he visto los anteojos sobre la mesa y he caído en
 la curiosidad de ponérmelos y he echado una miradita al
 mundo".
-"Sí, sí, todo está muy bien; estás siendo muy sincero conmigo
 pero yo quisiera saber qué has hecho de mi banquillo".
-"Mira, Señor, al ponerme tus anteojos he visto todo
 con gran claridad y he visto a mi socio. ¿Sabes, Señor?,
 estaba engañando a una pobre anciana, haciendo un negocio que
 era un engaño y me he dejado llevar de la indignación; y claro
 lo primero que he encontrado y a mano ha sido un banquillo
 y se lo he tirado a la cabeza. Lo he dejado KO, Señor. Es que no hay
 derecho. Era una injusticia."
- "Imagínate que yo, cada vez que veo una injusticia en la tierra
comienzo a lanzar banquillos a la cabeza de los hombres;
no alcanzarían los carpinteros de todo el universo para abastecerme
de proyectiles.
- "Perdóname, Señor, he sido muy impulsivo, lo sé..."
- "Sí, claro. Estuvo bien que te pusieses mis anteojos, hijo,
 pero para mirar la tierra y a los hombres te olvidaste de una cosa,
 ponerte también mi corazón.
 Solo tiene derecho a juzgar el que tiene el poder de salvar."
 -" Vuelve ahora a la tierra y te doy otros cinco años para que
 practiques lo que esta tarde aquí has llegado a comprender..."
Y nuestro amigo, en ese momento se despertó, mojado en sudor,
 observando que por la ventana entreabierta de su dormitorio entraba
 un espléndido sol.
HAY HISTORIAS QUE PARECEN SUEÑOS.
Y SUEÑOS QUE PODRIAN CAMBIAR LA HISTORIA.

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